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Ocaso
Ocaso

 

Su aroma quedó grabado, mientras los ojos perseguían aquellas apenas pronunciadas huellas, que luchaban arduamente por perdurar grabadas, mientras el agua, cual opresora, luchaba por desaparecerlas. El viento la llevó a un cierto tronco que tomó el papel de butaca ante el diario evento que estaba a punto de comenzar. A tan corta distancia como para empezar una conversación, su abarrotada boca lo hizo acordarse de todas aquellas oportunidades -como a la actual- que había perdido por ese enemigo que invadía su ser. Una simple oración, que para él sería todo un reto y que lo hacía dudar de su valentía, e incluso hombría. Esa impotencia, de saber que la puerta está abierta y el no poder cruzarla.

Entonces, aquél Dios que todos esperaban atentos a la orilla del mundo, empieza a anunciarse en los cielos y cantos de aves. Pero ella, aun no se mueve y nada a su alrededor tampoco. El tronco que cobraba vida en su confusa mente, le hacía un llamado silencioso, para romper esa barrera que durante toda su juventud lo había detenido. Piernas que atentas, obedecen a ese inconsciente, que al humilde joven no deja avanzar. Niños corretean a su alrededor. Caen, tropiezan, y con qué admiración observa, la facilidad y la poca vergüenza con la que chocan con multitudes y siguen su camino, su jugueteo, como si fuese poca cosa el haber estorbado.

Extraña aquella etapa, en la que cree él, fue la única en la que no existió ni pensó, en pena o complejo alguno. Y a la vez, se da cuenta como la sociedad –aquella maleza, que según él, es la responsable de matar a las demás plantas, haciendo del paisaje un cuadro muerto- se encarga de agregar al ser en sí, aquél auto-espejo distorsionado, que sólo dudas y laberintos mentales trae. Agarra con fuerza su cabello, mira a los demás con disimulación pero él sabe que por dentro, una compilación de insultos y pensamientos crean una tormenta de autoestima que ni él pudiese describir.

Y ella, que ahora decidió usar aquél húmedo y erosionado tronco como respaldar, sigue admirada viendo la fusión de vivos colores en su entorno. Sus oscuras y casuales gafas, reflejan aquellos destellares de luz, que penetran el alma y consigo, traen esa fresca y veraniega brisa. Gafas, que de seguro, esconden más de un entierro pero también sonrisas. Neruda, Márquez, Llosa, Cortázar, Debravo, todos aquellos relatos, romances, pasiones y encantos no le grabaron nada más que la falsa ilusión, de que aquellas líneas algún día, serían parte de su monótona realidad.

Algo lo sigue amarrando, y en su consciente no desea aceptar qué es esa bola que le da peso a su cadena. Al cabo de tanta histeria y cólera, termina por aceptar que su único amarre es ese amargo miedo. Un miedo que lo atormenta sin presencia alguna, día y noche. Pero, ¿qué es, qué lo ocasiona, que lo trajo y cómo se irá? Esas y mil preguntas más llegan a su bombardeado cerebro, tratando de encontrar esa respuestas que en botellas y paginas quemadas ha pensado buscar. El cielo ha bajado de tono, junto con las esperanzan de algún diálogo. El viento sopla y cabelleras se esfuerzan por irse detrás de él. Nuestro bufón - decidiendo dejar a un lado al público, y ser parte del escenario en el cual estaba a punto de terminar esa corta pero subjetiva obra- recibe con brazos abiertos el regalo que su Madre Tierra le ha tenido guardado.

La calidez invade su cuerpo y escapa de su mente todo misterio, toda angustia y miles de marchitos recuerdos. Está en su mundo, acaricia el suelo, lo retiene y luego lo libera, en forma de total reverencia. Se concentra en aquél silencio de pleno movimiento, escucha las rocas caer, las leves vibraciones llegar a él, los pasos, las alegrías y mudos agradecimientos. Decide volver a la realidad por un momento, aquella realidad que todos veían por encima de su sumergido, revoltoso y perfecto universo. Puso su mirada en las montañas, bajó la cabeza y aquél tronco erosionado, ya no era más que un simple pedazo de madera. Vacío y sin vida quedó aquél lugar, cuando vio esa fémina silueta desaparecer entre palmeras.

Palmeras que oscurecían esa enredadera de curvas que zarpaban de su cabeza y buscaban la amplia y morena espalda, son las que marcaban la división entre la posible escapatoria y el arrebatado vuelo. El repentino traspaso de armonía a inexpresiva soledad sólo lo convenció, de que una vez más, se repite un ya anunciado final. Un final que quizás él pudo evitar, o puede que su vida sea una historia escrita en piedra imposible de remediar. La oscuridad se adueña de la ciudad, los bombillos, restaurantes y carros son la única fuente de luminosidad. Multitudes cruzan calles y él cruza su mente, con el fin de no estallar. Derrotado y con ánimas vencidas, decide dejar que una ola más lo devuelva, a aquél tan falso pero valioso lugar, y poder sumergirse en aquella interminable soledad, que sólo él pudo crear.

 

En el camino de la vida hay trampas, jaulas, celdas, barreras y la mayoría, han sido colocadas por nosotros mismos.

Colaboración de Andrés Zumbado
México

Escríbele

Mensaje al autor. . .

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